21 de agosto de 2010

Last time.

Mi abuelo me llamaba churrina a los tres años, princesa de los mares a los cuatro y reina mora a los cinco. Yo notaba el cambio: desde luego pasar de ser una churrinosecuantas cualquiera a tener todo un reino moro bajo mi poder, un reino que sólo existía en el salón de su casa, no era cualquier cosa.

Menudo mundo infinito había en el estampado de la alfombra del comedor, menudo olor a eternidad los libros que no aguantaban que se les leyera una página más.
Menudo mi abuelo, además de menudo.
Contaba mi abuela que mi abuelo había sido muy generoso con los niños.
Por lo visto a veces repartía caramelos y todo. Pero que cuando ella le pedía alguno, no le regalaba ni el envoltorio.
Los hay con suerte, pensaba entonces.
Una vez me dijo que no le regalaba los caramelos a ella porque siempre los guardaba para mí.

Menuda vida la que se les ha pasado y que ahora cuentan, y recuentan.

Menuda.

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